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Los Reyes sí que existen.

Igual pensáis que estoy loca, pero lo digo completamente en serio…existen de verdad. Y lo he comprobado montones de veces, lo compruebo cada año.

Nos ha tocado explicarle “la verdad” a Fernando. Es algo que siempre me ha costado mucho hacer, porque me parece que es como romper con la ilusión de la infancia…no sólo con la de los reyes, un poco con todas. Las tres veces que me ha tocado tener “la charla” (no confundir con “LA CHARLA”, que ésa es cuando son un poco más mayores) me he puesto muy nerviosa, porque quería hacerlo fenomenal, quería contarles de qué va el asunto y que a su vez no les quedara ningún género de duda de que los Reyes existen. Existen. Es sólo que actúan un poco diferente de como pensamos cuando somos niños.

Mis recuerdos de esta noche mágica son así…absolutamente mágicos. Mis padres lo hicieron fenomenal. Conseguían que la Navidad, y todas las fiestas que de ella nacen, resultaran como…veladas! Veladas de un aura maravilloso de ilusión, familia, fé, alegría…no sé…todo era diferente. Quizá peco de caer en aquello de “cualquier tiempo pasado…”, pero de verdad siento que aquella magia no es la misma, a mí no me salen igual los trucos…

Nuestro “modus operandi” era siempre el mismo. Mi padre trabajaba en unas oficinas en la plaza Jacinto Benavente, aquí en Madrid. Tenía un despacho enorme con unas ventanas gigantes y unas vistas fenomenales de la plaza. Y el día cinco íbamos para allá cuatrocientos en pandilla, como si fuéramos al portal del villancico. Nos juntábamos un montón de gente! Amigos, de la comu, algún vecino…y es que aquello era como un palco vip! Lo veíamos todo requetefenomenal, calentitos y a cubierto. Y para rematar la faena el roscón. Jolines que roscón. Lo comprábamos en Marqués de Corbera, en una pastelería que se llamaba “La Gloria”, y desde luego que la gloria era y a la gloria te llevaba, y ya podía, porque las colas para comprarlo eran de horas! Pero de verdad que no he vuelto a probar nada igual…También había siempre chocolate caliente. No me preguntéis de dónde salía el chocolate en un oficina, porque no tengo ni idea. Prometo investigarlo y os lo cuento. Y luego la secretaria de mi padre, que, no sé si por sentimiento verdadero o por puro peloteo, pero siempre nos llevaba montones de chocolatinas riquísimas. Las cabalgatas eran otra historia…mucho más sencillas y a la vez mucho más grandiosas…aquella mezcla entre las luces de la calle (que antes respondían siempre a lo de “burro grande” más que otra cosa), la plaza abarrotada, los camellos llegando, y los doscientos niños en la oficina, embriagados de azúcar, gritando como locos, resultaba un mejunje maravilloso en el que la adrenalina alcanzaba niveles de after hour noventero a las afueras de Gandía… Volvíamos a casa en bus, en el 71, agotados y flipados a partes iguales. Nos enseñaron a preparar el salón para la llegada de sus majestades de forma súper meticulosa (algún día os hablaré de las manías de mi padre, que dan para tres o cuatro posts).

-No todos los días se recibe la visita de tres reyes, tenemos que tratarles de forma exquisita. Eso nos decían siempre mis padres. Y así lo hacíamos. Nunca el salón estaba más limpio que aquella noche. Pasábamos el pronto, el paño, y lo que hiciera falta. Mister Propper envidiaba nuestro suelo. Las luces del belén y el árbol quedaban toda la noche encendidas, para que los reyes se orienten, claro. Y luego los zapatos. Los de domingo. y recién limpios, que nunca le he dado yo al kanfort con más brío…en la mesa, y con el mantel de fiesta, dejábamos las tres copichuelas con coñac, más bien Brandy era…Torres 10 en los años de bonanza y Torres 5 en los regulares. Lo del coñac era para que entraran en calor…y eso que el “si bebes no conduzcas” estaba en pleno apogeo en aquellos maravillosos ochenta…y para comer…polvorones. Pobres reyes. Polvorones. Y ni agua ni na. Para los camellos sí, bien de agüita…pero a los reyes no…supongo que terminarían amorrándose al cuenco de los camellos para pasar el polvorón, pobres míos…

Nosotras a la cama (hablo en femenino porque mi hermano es bastante más mayor y ya formaba más parte de “ellos” que de nosotras). Y santa paciencia la de mis padres!! Lo que tardábamos en dormirnos, madre del amor hermoso!! Dormíamos las cinco chicas en una habitación, imaginaos el guirigay…hablábamos, gritábamos, reíamos…hasta nos poníamos a cantar a pleno pulmón del puro nervio! Mi padre venía a echarnos la bronca cada diez o quince minutos, y se ponía súper serio, pero en cuanto se daba media vuelta le veíamos irse muerto de la risa de nuestras ocurrencias por el pasillo…el caso es que al final caíamos, y ahí es cuando los reyes actuaban. Y lo hacían de verdad, obrando verdaderos milagros…en mi casa, como en todas, tuvimos épocas de todo…de abundancia y de escasez, pero los reyes siempre fueron puntuales y espléndidos con nosotros. Eso me ha pasado a mí también ya viviéndolo como madre. Y eso es porque existen.

A mi padre le dio unos años por ponernos los juguetes montados…fuera de las cajas y expuestos. Por lo que nos confesó años después, era por ahorrarse el tener que envolverlos, y porque los juguetes de niña no son tan complicados, que como me tenga yo que poner a montar naves de lego, no termino ni para los reyes del 2020. El caso es que un año se consumó el desastre…nos montó el centro comercial de pin y pon…y puso mal tooooodas las pegatinas!! Y no nos enfadamos ni nada! Nos dio bastante la risa…eso sí, hubo que quitarlas con alcohol y volver a pegarlas con celo…el resultado fue…bastante peculiar. A partir de ahí,  nada de montar, todo a sus cajas de nuevo. Hace poco leía un artículo sobre la “regla de los cuarto regalos” (algo para leer, algo para llevar, algo que necesiten, algo que realmente deseen). Cuando yo era pequeña no había foros, ni revistas sobre educación ni estudios pedagógicos, pero mis padres ya cumplían esa regla de forma instintiva. También es verdad que nuestra ambición era mucho más modesta… yo siempre me pedía una cosa, una, que me hacía una ilusión tremenda. Y siempre me la traían. Y sin Amazon, ni Wallapop, ni venta on-line…a puro pateo de cortes ingleses y galerías preciados como campeones. Eso de verdad que me admira, y me hace sentir muy muy agradecida.

Mis padres fueron unos reyes estupendos…y eso que no se lo poníamos fácil…a veces nos despertábamos a ponerlo todo patas arriba a las cinco de la mañana! Con lo que sé ahora, estarían apenas acostándose!! Y luego cuando supimos de qué iba el asunto, aprovechábamos cuando estábamos solas en casa para buscar los regalos por todas partes al más puro estilo Rachel Green…recuerdo que un año a mi hermana Raquel le trajeron un juego que se llamaba “Misterios de Pekín”. Nada más abrirlo, nos sentamos a jugar una partida. Mi padre alucinaba, nos decía “joé, qué listas mis niñas, qué intuitivas…saben jugar sin leer las instrucciones, ni nada…” Lo que no sabía, el pobre, es que llevábamos un mes bajando el juego del altillo en cuanto teníamos la ocasión y las instrucciones nos las teníamos más que empolladas!

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Me encantaría saber que para mis hijos es igual de especial. Ojalá algún día tengan unos recuerdos así de bonitos. Desde luego Israel y yo ponemos muchísimo esfuerzo, trabajo e ilusión en este día…y los niños lo disfrutan una barbaridad. A mí ver esa inocencia, esa confianza, me abruma. Mira que nos cuesta a veces mantener la fe, pero en el asunto de los reyes…confiamos ciegamente, todo nos parece posible. Y es que es verdad que lo es. Porque los reyes son así, como los de la canción, con dinero y sin dinero hacen siempre lo que quieren. Y se sirven de ingresos inesperados, de la generosidad de los amigos, de oprtunísimas rachas de “buena suerte” y de cualquier tipo de truco y artimaña para demostrarnos que son. Que SON y actúan.

Hacen lo que quieren. Yo tengo un acontecimiento grabado como un memorial en mi corazón. Nosotros tenemos otras tradiciones con nuestros hijos, el día cinco, en lugar de ir a la cabalgata, vamos a la parroquia. Sus Majestades hacen un hueco en su apretadísima agenda del día y se pasan un rato por allí, hablan con todos los niños, les regalan chuches, reciben peticiones especiales…es un ratito realmente precioso y un acontecimiento enorme para los niños. Pues bien, un año, cuando íbamos a coger la furgo para ir, resulta que se nos habían fundido todas las luces…todas. Y no teníamos recambio…y a las siete de la tarde en enero es noche cerrada, así que nos tuvimos que quedar en casa. Los niños…imaginaos…totalmente hundidos. Y yo, enfadadísima. De las veces que más me he enfado en mi vida. Acabábamos de regresar de China y estábamos pasando por una racha horrorosa en todos los sentidos. Aquello me parecía el colmo. La ilusión de mis niños por los suelos…mi orgullo y mi soberbia decidieron que allí terminaba aquella noche de reyes para mí. Dos horas después, cuando los niños estaban ya a punto de acostarse, sonó el timbre. No esperábamos a nadie, nos resultó extraño, a aquellas horas…como los niños estaban tan nerviosos, fueron a abrir todos juntos…y allí estaba. Era Melchor. Os lo prometo. Melchor en persona, en la puerta de mi casa. Con sus babuchas, su corona, su capa y su magnanimidad. Con su ternura y su magia. Les trajo caramelos a mis hijos, habló y cantó con ellos, escuchó sus peticiones, adoraron juntos al niño ante el portal, les abrazó…y en un momento dado se dirigió a mí y me dijo “no te angusties, Irene, sabemos que pasas por un momento muy difícil…te recomendamos que hagas como nosotros…pon lo que tengas a los pies del niño, si hoy solo tienes tristeza, pon tu tristeza…Él sabrá convertirla en una alegría tan Grande como la de tus hijos hoy”. Y así fue. Luego supe qué es lo que había detrás de aquel milagro y descubrí que a Melchor le había traído un auténtico ángel. Pero lo importante es que pasó. Ocurrió. Porque los reyes existen, son y actúan.

Y no sólo en lo material. Haced la prueba. Pedidles lo que queráis…lo que de verdad deseéis. A mí nunca me han dejado ir de vacío. Pedidles y esperad, tienen un año para actuar. Un hijo, un trabajo, un novio, una casa…Haced vuestra carta!! Yo he escrito la mía, y les he pedido cantidad de cosas. Como soy un poco avara, se la pongo en orden de importancia para que ellos decidan qué traerme:

  • Toda la salud del mundo para mi marido y mis hijos
  • Querer a Isra cada día más
  • Capacidad de perdonar siempre y todo
  • Mucha más paciencia
  • Grandeza de ánimo ante la adversidad
  • Tiempo para mis niños
  • Una horita corta
  • Supresión, o en su defecto reducción de mis dichosos dolores de hernia
  • Ganas (y nuevas ideas) para cocinar de lunes a viernes
  • Y una máquina de coser para seguir aprendiendo cosas

No he sido demasiado buena y sé que no me merezco todo, pero como leí que hay que regalar cuatro cosas, me conformo, y muchísimo, con las cuatro primeras. Muy felices a reyes a todos. Que su magia y su generosidad llene nuestras casas…y nuestros corazones.

18 comentarios en “Los Reyes sí que existen.”

  1. Que Bonito Irene! Nososotros no lo vivimos con tanta fe pero es precioso ver el sentimiento que vosotros teneis! Gracias pour compartir-lo! Mua!!!

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